EL ARTE DE ATRAPAR EL INSTANTE

Mis primeros recuerdos están asociados a la fotografía. Crecí en casa de los padres de mi madre en Barranquilla- mi ciudad natal-  y en esos años mi abuelo tenía instalado, en uno de los salones del enorme caserón, su estudio de fotógrafo que figuraba bajo el nombre de “Estudios Artísticos Fálquez”. Por él pasaban gran parte de las jóvenes y señoras de la ciudad para ser retratadas, pues el trabajo de mi abuelo estaba considerando como uno de los mejores por su sentido estético, el manejo de la luz y la gran calidad de su revelado.

En mi memoria persiste la fascinación que sentía cada mañana cuando bajaba de mi habitación y mi abuelo me llevaba a su estudio para tomarme la fotografía del día. Me colocaba bajo  las potentes luces, delante de un fondo sinfín y me sentaba en un taburete de hierro con asiento rotatorio y circular, mientras él se ubicaba detrás de su enorme cámara y desaparecía bajo una gran tela oscura que cubría su cabeza. A los pocos segundos me decía que ya podía irme  y horas después, aparecía con mi imagen ampliada en una copia de 20x 25, revelada en blanco y negro. Esos retratos iniciales fueron para mí el primer contacto con la sensación de “otredad”, con el  sentimiento de desdoblamiento, de ser yo y mi reflejo, un tema que aparecerá siempre tanto en mi obra poética como en la fotográfica.

Para mí todo aquel mundo era mágico, una sensación  que aumentaba si  me acercaba al cuarto oscuro que estaba al  fondo del patio trasero de la casa y tropezaba con un territorio vedado en el que tenía prohibida la entrada. Creo que alguna vez  logré asomarme  y me maravilló la penumbra  de la habitación, las cubetas de colores alineadas y ese olor ácido a humedad y químicos que llenaba el ambiente.

Uno de mis juegos favoritos era acércame a las cajas donde estaban las fotos descartadas o, tal vez, las nunca reclamadas y observar los rostros de esas mujeres bellas que no conocía y que me causaban una rara sensación de extrañeza y familiaridad. También me gustaba  acercarme a la mesa de dibujo donde mi abuela o la tía Mona, una hermana de mi abuelo, coloreaban con gran pericia las fotos en blanco y negro y las convertían -en otro acto de prestidigitación- en fotografías a color.

Todo ese mundo de fábula desapareció con la muerte de mi abuelo cuando yo tenía siete años. Su prodigiosa cámara se vendió y todos los accesorios y utensilios de su oficio cayeron en desuso y fueron a dar al cuarto de San Alejo. Con el tiempo, el vacío de ese mundo perdido lo llenaron las canciones y los poemas que declaman mi madre, sus hermanos y las tías abuelas, en las reuniones que se hacían en un pequeño patio interior de nuestra casa. Creo que fue ahí, escuchando los boleros y los poemas recitados en esas noches perfumadas del trópico,  donde nació mi vocación literaria. De esa época data mi primer poema y los que le siguieron. Tengo la fortuna de consérvalos y al releerlos me doy cuenta que ya, en ese entonces, la fotografía me había marcado y había sembrado dentro de mí las obsesiones que me perseguirían por siempre.

Si bien es cierto que escogí la literatura como profesión, nunca renuncié a la fotografía. La estudié y practiqué hasta lograr hacer de ella otra vocación. Adopté la firma “Fálquez” con la que mi abuelo firmaba sus fotos y trabajé como fotógrafa, publicando libros de poesía simultáneamente. Hoy soy consciente de que muchas veces he hecho poesía visual con la cámara  y,  también, que he escrito poesía con metáforas y lenguaje fotográfico.

Creo que esos primeros años que pasé junto a mi abuelo y, después, su muerte temprana, fueron las razones que me llevaron a perseguir con la imagen o la palabra, la forma de atrapar el instante. Y es que fotografiar es eso: capturar el instante, recoger una interrupción del tiempo y reproducir al infinito aquello que ha tenido lugar una sola vez y que jamás volverá a repetirse. Las fotos se convierten en algo más que pruebas de lo que alguna vez dudamos. No sólo nos muestran lo que ha sido sino que ante todo demuestran qué ha sido, que aquello que enseñan ha tenido lugar en un instante y un lugar determinado.

De las artes que trabajan con las imágenes, la fotografía es la única que fija un instante preciso. Los fotógrafos jugamos con cosas que desaparecen y que una vez que se han ido es imposible hacerlas volver. Según palabras de Henri Cartier-Bresson, el escritor tiene tiempo para reflexionar antes de que la palabra se forme, antes de ponerla en el papel. En cambio para los fotógrafos lo que desaparece, desaparece para siempre; de ahí la angustia y la originalidad de este oficio.

El acto fotográfico es, de alguna manera, una forma de certificar la existencia y la experiencia. Una vez terminado el acontecimiento, la fotografía seguirá existiendo, confiriéndole a lo retratado una especie de inmortalidad “real” que no hubiera obtenido de ninguna otra manera. En el marco de la foto queda detenido un instante que se eternizará. Para Susan Sontag “las fotografías pueden ser más memorables que las imágenes móviles, pues son fracciones de tiempo nítidas, que no fluyen”. En el cine la pantalla es un escondite y el personaje que sale de ella sigue viviendo. En la foto existe un sedimento del referente que ha estado frente al objetivo de la cámara, mientras en el cine ese referente pasa ante ese objetivo.

Este congelar el instante hace que detrás de toda fotografía esté presente el sentimiento de la muerte. Es éste un arte elegíaco, crepuscular, porque hacer una fotografía es también dejar constancia de que lo que ha sido y ya murió, dejó de ser y no se repetirá nunca más. Es participar de la mortalidad o mutabilidad de una persona o cosa. La fotografía, al seccionar un momento y congelarlo, atestigua la despiadada disolución del tiempo.

Otra de las dimensiones fascinantes que nos brinda la fotografía es su carácter especular. Toda cámara al obturarse duplica la realidad. En un juego de espejos invertido, la foto es un reflejo que mantiene vivo el asombro de  una puerta abierta a otros mundos. Un retrato nunca es inocente aunque lo parezca, de él nace otro ser, una figura que nos encara con su familiar parecido y al replicarnos nos obliga a aceptar nuestra esencia dual.

El rasgo inimitable de la fotografía, aquello que forma parte de su esencia, es (según Roland Barthes) la existencia del referente que se coloca frente al objetivo y sin el cual no existiría la fotografía. La pintura puede fingir la realidad sin haberla visto, pero nunca se puede negar en una foto que el referente o “la cosa” hayan estado allí. Lo fascinante al observar una fotografía es tener la seguridad de que aquello que vemos ha sido y ha estado allí en “carne y hueso”.

La foto, en negativo y luego en positivo, es literalmente la impresión de una radiación que por la reflexión de la luz ha salido de un cuerpo y ha dejado su huella indeleble en  la película o en un sensor digital. Es así como la fotografía de una persona o de un suceso llega hasta nosotros como los rayos diferidos de una estrella. Lo que más nos impresiona a los amantes de la fotografía es saber que algo o alguien tocó alguna vez con su luz la superficie en la que hoy pongo mi mirada, tener la certeza de que el cuerpo o la situación fotografiada pueden tocarme aún con su propia luz.

Fotografiar es apropiarse de lo fotografiado y sin el anterior enfoque no se habría comprendido, en profundidad, cuánta realidad hay en esta frase. Efectivamente, fotografiar es robar la radiación que desprende un cuerpo y por eso se entiende la reticencia de algunas etnias a dejarse fotografiar pensando en un posible robo del alma.

Decía la poetisa victoriana Elizabeth Barrett Browning en una carta escrita en 1843:

“Quisiera tener un recuerdo conmemorativo de todos y cada uno de los seres que he querido en el mundo. Y no es solamente el parecido lo que precio en tales casos sino la sensación de proximidad que la cosa supone […] el hecho de que la sombra misma de la persona esté allí, fija para siempre.”

He ahí la magia de la fotografía.

El arte de fotografiar no se desarrolla solamente en la dimensión temporal. En ella está presente la noción de espacio impuesta por la geometría del marco, la composición, las líneas y la perspectiva. Contrariamente a lo que comúnmente se cree, la fotografía no es una representación de la realidad sino la captación de una parte de ella, separada y desprendida del resto en el que se encuentra sumergida. La foto transforma en visión bidimensional las tres dimensiones que percibe el ojo humano y cambia la percepción de los colores que es muy diferente a la filtrada por la película o el sensor digital.

Hoy, al echar una mirada sobre mi obra poética y fotográfica, caigo en la cuenta de que la esencia germinal de toda esa búsqueda se fraguó en los primeros años que viví junto a mi abuelo fotógrafo: la obsesión por atrapar el instante, por dejar testimonio de lo que nunca se volverá a repetir; ese querer guardar para siempre la radiación que sale de un cuerpo, de un suceso o de un paisaje y llega a nosotros como esos rayos diferidos de una estrella. También, la fascinación por el reflejo, por el desdoblamiento al que nos somete la esencia especular de la cámara, la obsesión por esa puerta que nos abre el azogue con su brillo, escondiendo las infinitas presencias de la vida y la muerte; y, sobretodo, esa inquietante frontera que nos invita a cruzar e indagar su reverso.

© Flavia Falquez

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